EL PRIMER FUSILAMIENTO DE CANARIAS


 

El sábado 1º de agosto de 1936, se inicia en el Cuartel de San Francisco de Las Palmas, el inicuo Consejo de Guerra, contra EDUARDO SUÁREZ MORALES, FERNANDO EGEA RAMÍREZ, la esposa de éste HERMINIA DOS SANTOS, y PEDRO DELGADO QUESADA.

Los cuatro habían intentado escapar en una falúa desde el Puerto de Las Nieves de Agaete.

Habiendo sido desembarcados en el Barranco del Asno, habían resultado detenidos el 24 de julio, por tropas del patrullero Arcila, que los había traslado a la capital de Gran Canaria.

Inmediatamente es instruido, en menos de ocho días, el procedimiento SUMARÍSIMO numerado como 37 de 1936, de la Auditoría de Guerra Autónoma de Las Palmas, completado por el Capitán JOSÉ NIETO VENTURA.

El Consejo de Guerra es presidido por el Teniente Coronel LUIS MATEOS ÁLVAREZ-RIVERA, acompañado por los vocales EDUARDO CALLEJO GARCÍA-AMADO, AURELIO CUENCA HERNÁNDEZ, SANTIAGO DIAZ TRAYTER, NEMESIO MARTIN HERNÁNDEZ, EDUARDO CAPABLANCA MORENO, y NATIVIDAD CALZADA CASTAÑEDA.

El Fiscal LORENZO MARTÍNEZ FUSET solicitó la aplicación de la pena capital para EDUARDO SUÁREZ MORALES y FERNANDO EGEA RAMÍREZ.

El Tribunal estuvo deliberando hasta la madrugada del domingo 2 de agosto de 1936, si bien en la emisión de la sentencia figura la fecha del 1º de agosto de 1936. En el fallo de la misma, resultan condenados a la pena de muerte, mientras PEDRO DELGADO QUESADA y HERMINIA DOS-SANTOS ALEMAN son condenados a la pena de veintiséis años y ocho meses de reclusión mayor con las accesorias de interdicción civil e inhabilitación absoluta, siéndoles de abono a estos últimos para el cumplimiento de la condena la totalidad del tiempo de prisión preventiva sufrida.

EDUARDO SUÁREZ MORALES y FERNANDO EGEA RAMÍREZ SON FUSILADOS EL 6 DE AGOSTO DE 1936, a las seis de de mañana.

Las inscripciones de sus defunciones son efectuadas en el Registro Civil del Puerto, sito entonces en la calle Albareda, zona del Refugio, en el istmo de la Isleta.

HERMINIA DOS-SANTOS ALEMAN cumple su condena en la sección de mujeres de la cárcel de Barranco Seco.

Es puesta en libertad atenuada el 13 de junio de 1940.

PEDRO DELGADO QUESADA fue transportado el 30 de enero de 1937, al Penal del Puerto de Santa María (Cádiz) en el vapor «Rio Francolí», Luego sería traslado al Penal de Astorga, como otros muchos canarios, Sería puesto en libertad atenuada el 24 de julio de 1939.

 

El fusilamiento de EDUARDO SUÁREZ MORALES y FERNANDO EGEA RAMÍREZ, ha sido el primer fusilamiento oficial llevado a cabo, en Canarias, por los sublevados el 18 de julio de 1936, contra el entonces legítimo y legal Gobierno de España.

El segundo fusilamiento tendría lugar en Tenerife, cinco días después, el ONCE DE AGOSTO DE 1936, en que cayó ante un piquete ALFONSO GONZÁLEZ CAMPOS, Teniente de Infantería destinado en la Guardia de Asalto.

* * * * *

 

El inverecundo escritor falangista grancanario Miguel Jiménez Marrero, en su libraco CRÓNICA DE MEDIO SIGLO, publicado en tres tomos entre 1988 y 1993, ha dejado escrito en las páginas 201 a 204 del primer volumen, este relato relacionado con los dos ínclitos republicanos

 

En las localidades del interior de Gran Canaria, en particular Arucas, Gáldar y Guía, reducidos grupos marxistas, dirigidos por hombres muy conocidos por sus actividades políticas, como el diputado comunista Suárez Morales, el delegado del Gobierno en la Zona Norte, el farmacéutico Egea, así como el propio alcalde de Arucas, el bueno de Doreste Casanova, maestro nacional, a quien, como a otros muchos, había embarcado el Frente Popular nombrándolo a dedo como tal alcalde, de aparente carácter bondadoso, buen amigo y ex compañero de estudios, pero cuya pronunciada cojera había dejado en él un indisimulado complejo de inferioridad, que finalmente superaría por completo. Pues bien, este alcalde, indudablemente cumpliendo órdenes de Egea, sostuvo durante unas horas la localidad en situación de rebeldía. Muy pronto, grupos de voluntarios y del Ejército terminarían con aquellos focos rebeldes y normalizaron la vida ciudadana en Arucas.

En este pequeño teatro de operaciones en el norte de Gran Canaria, el-Arcila- se bastó y sobró para que cundiera la desbandada de los dirigentes del Frente Popular, desembarcando en la zona de Gáldar el segundo comandante, Pita da Veiga (quien al transcurrir de los años sería almirante y ministro con Franco, y a la muerte del Caudillo, con el Gobierno de Adolfo Suárez), acompañado de un sargento de la Guardia Civil y un grupo de voluntarios canarios, quienes se hicieron cargo de la situación sin disparar un solo tiro y liberando a los muchos vecinos de Gáldar -entre ellos, buen número de falangistas-, a quienes se había encerrado en el Casino para someterlos posteriormente a la «justicia popular»

Paradójicamente, serían Gáldar, Guía y Agaete, en proporción a su número de habitantes, las localidades que más voluntarios mandaron a los frentes de combate, aportando en los meses sucesivos, incluso al crearse la División Azul, buen número de estos voluntarios. Algunas de las calles de estas localidades están rotuladas con los nombres de estos héroes que en aquellos campos de guerra dejaron su vida.

Las responsabilidades en las acciones llevadas a cabo en la zona norte de Gran Canaria por Eduardo Suárez Morales y por Egea, junto con otros miembros del Frente Popular, fueron expuestas muy escuetamente por Martínez Fusset durante el desarrollo del consejo de guerra que les juzgó. Según el informe del fiscal, Suárez Morales y Egea se levantaron en armas contra el Ejército, declarando posteriormente que no conocían las características del levantamiento, lo cual, decía el fiscal, no es cierto, como lo demuestran los panfletos que lanzaron por la zona que precariamente controlaban.

Expone cómo muchos de los elementos marxistas de Arucas declararon que actuaban a las órdenes de Egea, quien se había encargado de la defensa de Guía, Gáldar y Agaete, mientras que Suárez Morales lo haría de Arucas. Los acusados se hicieron fuertes empuñando las armas y, antes de proceder a su captura, se les instó a que se rindieran, sin acceder a ello. Horas después, en su huida y en presencia de los dos -Suárez y Egea-, algunos de sus compañeros intentaron inútilmente cargar un cañón en zona próxima a la localidad de Agaete, lo que no llevaron a la práctica ante la inesperada presencia de una avioneta que arrojó hojas sobre el grupo, en las que se exponía la situación en que se encontraban.

En cuanto a otro de los procesados, Pedro Delgado Quesada ex consejero del Cabildo Insular, éste declara que el 18 de Julio por la mañana llegó a Gáldar Sanz Iraola con una orden para la Guardia Civil y otra para Egea, disponiendo que se declarara la huelga general. Sólo pudo establecer contacto con Delgado, que se encontraba en el Ayuntamiento, quien mostró su conformidad con la misiva de Iraola, aunque luego declararía que lo había hecho por miedo. La también procesada Higinia Dos Santos, se disponía a trasladarse a la capital y entrevistarse con el gobernador civil para tratar del plan de acción a realizar contra el Ejército, manifestando que contaba con bandas armadas y comunicándose luego con su esposo, Egea, dándole cuenta de lo acordado.

El farmacéutico Egea confesó durante el juicio que había mandado aviso al Ayuntamiento de Gáldar comunicando que se había declarado un movimiento fascista y que allí estaba Pedro Delgado, quien ordenó a la Guardia Civil que se presentara en la Corporación municipal, ordenando la detención de todas las personas que consideraba fascistas, orden que sería ejecutada.

Las personas implicadas en el enfrentamiento con el Ejército reúnen toda la dinamita existente en aquella zona y Egea se traslada a Arucas y se enteraba de la voladura del Puente de Tenoya y de la existencia de dinamita en el Ayuntamiento, acción que asegura no haber ordenado, asegurando también en el juicio que no se había presentado antes a las autoridades militares por miedo a posibles represalias.

El informe fiscal se detendría sobre las actividades conjuntas de Suárez Morales, Egea y Delgado Quesada, sacando la conclusión de que Suárez Morales obedecía las órdenes de Egea y que no se encontraba al frente de la resistencia. Egea negaría repetidamente, en el transcurso del juicio, la veracidad del informe de la Policía, que le acusaba de haberse incautado de los fondos de los Sindicatos. En un momento de su declaración, solicitó benevolencia para su esposa, ya que se encontraba embarazada, añadiendo: -Si este Movimiento es justo, yo lo acepto con alegría.

Por su parte, Suárez Morales pidió que se le dejara estar con su padre, aquel anciano serio, de gran estatura, a quien veíamos mucho por el Mercado del Puerto, pues creemos recordar que era algo así como el administrador del mismo. Afirmó que si algún día se viera en libertad, esta libertad la aprovecharía sólo para dedicarse a su hogar, ahora deshecho. Nos hemos adelantado un poco a los acontecimientos, ya que todo esto ocurría en el mes de agosto, pero con el fin de no perder la línea del relato desde el juicio hasta el cumplimiento de la sentencia, vamos a exponer los detalles sobre este particular, sin perjuicio de volver más adelante a los acontecimientos que se desarrollaron en Las Palmas en los días siguientes al 18 de Julio.

El juicio contra Eduardo Suárez Morales, Egea, Pedro Delgado Quesada e Higinia Dos Santos, al que nos hemos referido, se celebró en el Cuartel de San Francisco, en los primeros días de agosto. Los procesados habían sido detenidos el 25 de julio en un escondite al norte de Gran Canaria. Como dato para esta pequeña historia, digamos que el Tribunal que juzgó a estos acusados de rebelión militar estaba integrado por las siguientes personas:

Presidente, teniente coronel Luis M. Alvarez; vocales, capitanes Aurelio Cuenca Hernández, Santiago Díaz Tyler, Natividad Calzada y Eduardo Capablanca Moreno; vocal ponente, teniente auditor, comandante de la Armada Eduardo Calleja; vocales suplentes, Román Villaverde y Narciso Jiménez Baxas, del Regimiento de Infantería número 39; fiscal, comandante Martínez Fusset; defensor, capitán de Infantería Santiago Bañols Passano; juez instructor, capitán de Infantería Francisco Espejo Aguilar. La sala escenario del juicio, que había despertado la natural expectación, estaba abarrotada de público y totalmente ocupada la mesa reservada a la prensa.

En las pruebas testificales desfilaron numerosos testigos, la mayoría de los cuales comprometían seriamente en sus declaraciones a los acusados Suárez Morales y Egea. Ya hemos resumido la tesis del fiscal que, naturalmente, era mucho más extensa. Digamos que el defensor centró su tesis en que los encartados desconocían el carácter del Alzamiento, no relacionándolo con una acción militar, sino con lo que ellos denominaban Fascistas. y que obraron en todos sus actos pensando que defendían la legalidad, pues así se les informaba desde el Gobierno Civil, que a su vez recibía órdenes e información del Gobierno en Madrid. Rubricó su informe recordando las palabras de Franco de que abramos los brazos a nuestro enemigos, resaltando también el estado de embarazo de la mujer de Egea y recordando la frase de Cristo: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen. Dejemos aquí testimonio de la emoción que las palabras de la defensa produjo entre los numerosos asistentes a este juicio.

La sentencia se haría pública, y por ella, de acuerdo con la tesis del fiscal, se condenaba a la pena de muerte a Eduardo Suárez Morales y a Fernando Egea. Se pidieron condenas de veinte años de reclusión para Pedro Delgado Quesada y para Higinia Dos Santos. Esta sentencia no sería firme hasta la confirmación por la Junta Nacional de Burgos, que la confirmó en todas sus partes.

El 6 de octubre [¿?], a las seis de la tarde, entraban en dos habitaciones, habilitadas como calabozos y que daban al patio del Cuartel de Ingenieros en la Isleta, los dos condenados a muerte, y también a las seis de la mañana siguiente se cumpliría la sentencia en el Campo de Tiro de la Isleta, justo donde había encontrado la muerte el general Amadeo Balmes.

Por desgracia para nosotros, pues fue algo muy desagradable y no deseado, fuimos testigos de excepción de las tristes horas transcurridas desde que ingresaron en el cuartel hasta su salida hacia el Campo de Tiro de estos dos condenados.

Aclaremos que no era tal calabozo donde pasaron la noche Suárez Morales y Egea. Se trataba de dos habitaciones, una al fondo del patio central del cuartel y la otra a la izquierda, casi frente al Cuerpo de Guardia, que estaba a la derecha conforme se entra en el edificio. Nosotros, por habernos correspondido en turno de guardia (como explicaremos luego, ya estábamos movilizados como soldados) o porque lo cierto era que las guardias eran casi continuas, dada la falta de soldados hasta que más tarde se fueron incorporando varias quintas, nos tocó toda la noche la vigilancia de la puerta de la habitación -siempre abierta- que ocupaba Suárez Morales, y frente a nosotros podíamos ver perfectamente todo el movimiento en tomo a la habitación que ocupaba Egea.

Repetimos que fue todo muy desagradable, y hemos de disculpar la actitud del diputado comunista, a quien se le facilitó cuanto pidió, siempre bebidas, pues su situación no era para estar de humor. Durante toda la noche, su comportamiento, dentro de la angustia que reflejaba su rostro, fue el lógico en estos casos, o al menos así lo suponemos. En dos ocasiones nos dijo que deseaba ir al servicio, avisando al jefe de la guardia para que alguien le acompañara, como teníamos ordenado. Pasada la medianoche harían acto de presencia dos sacerdotes, dos personas entrañables para nosotros, pues durante un año habíamos sido sus alumnos en el Colegio del Corazón de María. Paradójicamente, uno era muy alto y muy delgado y los estudiantes le llamábamos cariñosamente Palma Coco. El lo sabía y lo aceptaba con gran sentido del humor. Hasta mediados de 1984 andaba en una residencia de religiosos en Sevilla, ya muy anciano. El otro sacerdote era todo lo contrario, con apenas metro y medio de estatura. Nos estamos refiriendo al padre Serna, un santo en toda la extensión de la palabra, ya fallecido.

Pues bien, al llegar junto a nosotros para ponerse en contacto con Suárez Morales por si deseaba consuelo espiritual, no pudimos contener una especie de sensación, entre pena y emoción, al observar las caras de aquellos sacerdotes.

Efectivamente, el condenado no estuvo muy fino que digamos, y sus palabras hacia estos dos venerables curas fueron muy hirientes y sentimos hasta cierta repugnancia, aun reconociendo el estado de ánimo de aquel isleño, todavía joven, a quien quedaban muy pocas horas de vida. Situado casi en la antípoda política, conocimos mucho a su cuñado José Ignacio Ojeda, exaltado falangista, que marcharía al frente en la primera expedición de banderas de Falange y que luego, por su mala cabeza, terminaría marchándose casi clandestinamente de Gran Canaria. En efecto, le perdimos la pista cuando muchos años más tarde marchó a Venezuela, durante el mandato de Pérez Jiménez, de quien, según parece, fue estrecho colaborador.

Por el contrario, el otro condenado a muerte, Fernando Egea, mostraba una actitud totalmente distinta a la de Suárez Morales, llegando casi a llorar, sobre todo cuando su esposa, a la que se le había dado permiso (pues estaba en prisión), le visitaba aquella triste noche. Higinia Dos Santos le consolaba y le daba ánimos. Digamos también que Egea solicitó que le visitara el presidente del Colegio Farmacéutico de Las Palmas, Vicente López Socas.

Llegó la hora de la marcha de estos dos hombres hacia el Campo de Tiro, y mientras Egea estaba moralmente deshecho, Suárez Morales, que había pasado la noche ingiriendo alguna dosis de bebida, que fue lo único que solicitó, se mostraba – al menos en apariencia – muy tranquilo, permitiéndose el lujo, al pasar por delante del Cuarto de Banderas, de lanzar algún que otro insulto a la oficialidad.

Fue un triste capítulo que no podemos olvidar y que, de no haberse envenenado ni divulgado tanto las acusaciones sobre increíbles crímenes y que tenían como víctimas a partidarios del Alzamiento, domiciliados en la zona roja (la prensa nos presentaba casos espeluznantes), posiblemente no se hubiera celebrado el juicio en un ambiente tan crispado – a todos los niveles -, en cuyo veredicto final influyeron en gran parte las declaraciones de muchos testigos.

* * * * * * * * *

La prensa de Gran Canaria recogió con gran amplitud, los detalles de este sumario.

Prensa que estaba férreamente controlada por el Auditor RAFAEL DÍAZ-LLANOS LECUONA.

Podemos suponer que este inverecundo escritor falangista grancanario, MIGUEL JIMÉNEZ MARRERO, además de haber sido actor y espectador de primera línea, habrá utilizado lo dicho por aquella prensa controlada, para escribir esta prolija crónica.

Y que su afirmación sobre que el fusilamiento tuvo lugar en octubre, debe ser atribuido a un lapsus calami.

Pero no es descartable que también hubiera consultado el original la Causa 37 de 1936.

Ahora bien esta acción no nos consta, aunque se puede presumir, porque si nos consta que ha tenido acceso al voluminoso sumario de la Causa 130 de 1936, archivada con la signatura o clave 9904-315-1.

Esto se deduce de manifestado por él mismo en la página 276, donde tratando de esta Causa 130/1936, ha dejado escrito:

Así, nos hemos leído los seis abultados rollos del proceso, con sus centenares de páginas, que se conservan en la Sección de Justicia de la Capitanía General de Canarias.

A la Causa 37/1936, cuando fue archivada, le fue asignada la signatura o clave 13089-422-9.

De acuerdo con esta clave, la causa 37 de 1936, debería estar dentro del legajo 422.

Habiendo examinado detenidamente este legajo, no he encontrado dicha causa.

Lo cual nos podría indicar que debe estar traspapelada, si no ha sido destruida o desaparecida.

Habrá que proseguir la pesquisa documental.

Mientras tanto, debemos limitarnos al conocimiento limitado de una parte, sentencia y dictamen, que puede ser consultada en

https://pedromedinasanabria.wordpress.com/2009/11/07/egea-y-suarez-en-la-causa-500-de-1936/

Cfr.

1.- JUAN MEDINA SANABRIA: CAMPOS DE CONCENTRACIÓN. 2002.

2.- MIGUEL JIMÉNEZ MARRERO.- CRÓNICA  DE MEDIO SIGLO. 1988.

3.- Causa 500 de 1936 (9466-301-15).


 

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Un pensamiento en “EL PRIMER FUSILAMIENTO DE CANARIAS

  1. Sigo sin saber los cargos que le imputaron al Teniente Campos y el alegato de su defensor, en el famoso y cruel consejo de guerra, tristemente presidido por un general pasado ya a la reserva y con 81 años de edad, que me perdonen, pero estaría mejor en su casita de La Laguna tomando buenos caldos y gozando de la paz bien ganada al finalizar su vida militar en activo.

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