EL CAMPO DE CONCENTRACIÓN DE LA ISLETA


Un estudiante que ha logrado escapar de las islas Canarias ha hecho al corresponsal de la Agencia España, en Gibraltar, interesantes declaraciones sobre los campos de concentración que los rebeldes han establecido en Las Palmas, donde son internados todos los republicanos o los simplemente sospechosos de ser simpatizantes con el Gobierno legítimo de España.

La nacionalidad extranjera no es un obstáculo para que los cabecillas fascistas conduzcan a los campos de concentración a los elementos que considera disconformes con su actuación.

Uno de los campos de concentración está situado en la montaña, rodeado de crestas y picos de unos seiscientos metros de altura.

Lo vigilan seis Cuerpos de guardia, establecidos en diversos puntos.

La península donde el campo se encuentra tiene cerrado el paso por una muralla que va de una playa a otra.

A lo largo de ella, una larga fila de centinelas, estacionados cada quince metros, vigilan de día y de noche.

El campo propiamente dicho, que tiene una extensión de 2.500 metros cuadrados, está rodeado por una cuádruple alambrada de púas, que franquea una sola entrada.

Hay treinta tiendas, en cada una de las cuales se refugian de 36 a 42 hombres. Se destinan 15 colchones para cuarenta de ellos y una manta para cada dos.

 A las siete menos cuarto de la mañana todos los prisioneros han de estar formados a la puerta de su tienda respectiva.

A una señal del que les manda deben gritar todos: «¡Viva España» «Viva el general Franco». Los que no lo hacen son golpeados con porras de caucho.

Desde las siete hasta mediodía, y de tres a cinco de la tarde se trabaja. A las seis tiene lugar la comida: una sopa (es decir, agua caliente, en la que nadan algunas migajas) y habas o patatas.

A las seis de la mañana se distribuye una taza de té o de café, que no es más que agua caliente y, no siempre un trozo de pan.

A mediodía se les da un plato de sopa únicamente.El trabajo de los presos consiste en la construcción de caminos, en la limpieza del campo y en el transporte de arena y piedras.

Los equipos son mandados por un sargento, armado con una porra, con la que golpea a los presos para que trabajen más intensa y velozmente.

Se les obliga a transportar sobre la espalda más de 50 kilos a distancias de varios centenares de metros. Los que caen al suelo son golpeados hasta que se levantan de nuevo.

También se encargan los presos del transporte de bloques de granito.

Con extraordinaria frecuencia regresan del campo de concentración con el cuerpo tumefacto por los golpes recibidos.

Las penas que les son aplicadas son muy diversas; la más corriente consiste en obligarles a injerir medio litro de aceite de ricino.

Otra de ellas es atar a la espalda del preso un saco de arena de 50 kilos, obligándole a llevar sin interrupción cestos llenos de piedras y arena desde las siete de la mañana a mediodía, cubriendo muchas veces una distancia de doscientos a quinientos metros.

Entre mediodía y las tres de la tarde, es decir, durante la hora del almuerzo, se le continúa obligando a sostener sobre la espalda el saco de arena.

Por último, otro de los castigos es obligar a que uno de los presos golpee a su compañero con la porra de caucho que usan los vigilantes.

Si el que golpea no lo hace con la energía que allí se considera necesaria, es, a su vez, golpeado.

También se castiga a los presos privándoles de todo alimento durante seis días.

 Cfr.:

La Libertad. Diario republicano independiente.  19 de marzo de 1937. Página 1.

[Aportación del Amigo FABIÁN HERNÁNDEZ ROMERO]

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