CAUSA 128 DE 1939 CONTRA PRÓFUGO MANUEL SÁNCHEZ MARTÍN


5.949,113

 CAPITANÍA GENERAL DE CANARIAS

13332-433-2

GOBIERNO MILITAR DE LAS PALMAS        JUZGADO EVENTUAL Nº 3

CAUSA Nº 128 DE 1.939

Instruida contra el soldado de Infantería Canarias MANUEL SANCHEZ MARTIN por el delito de REBELION.

 Dieron principio las actuaciones el dia 19 de Junio de 1.939

 

 

JUEZ INSTRUCTOR

SECRETARIO

ALFEREZ DEL CUERPO JURIDICO

CABO DE INFANTERIA

DON PEDRO PADRON QUEVEDO.

DON EDUARDO DIAZ GORDILLO

Otro

Otro

Comandante de Infanteria

Sargento de Artilleria

D. Damian Massanet Plomer

D. José Sánchez Puertas

Otro

Otro

El Comte. de Artillería

El Soldado de Infantería

D. Francisco Lázaro Sanchez

José Cabrera Garabito

Otro

Otro

Comandante de Artillería

Teniente de Artillería

D. Heraclio Ferrer Oliva

D. Juan Sarabia Gonzalez

 

Cfr.: TMTQ 13332-433-2.- Causa 128 de 1939.- Folio inicial de cubierta.

NO VAYA USTED A CAZAR TIGRES A LA INDIA


Así tituló JUAN RODRÍGUEZ DORESTE, el capítulo 8 de su libro

CUADROS DEL PENAL – MEMORIAS DE UN TIEMPO DE CONFUSIÓN

 ISBN 84-85438-06-X, publicado en 1978.

Este es el texto dejado por JUAN RODRÍGUEZ DORESTE;

8

“NO VAYA USTED A CAZAR TIGRES A LA INDIA”.

 Uno de los pocos días en que vacábamos los del pelotón de castigo era cuando nos tocaba guardia a la entrada del espacio alambrado. Se apostaban allí dos reclusos con la misión de controlar las entradas y salidas y vigilar rigurosamente los objetos que pudieran introducirse en el campo. En turno rotativo cada chabola designaba a dos de sus inquilinos y la elección siempre recayó, por acuerdo tácito, en individuos de las brigadas de trabajo como medio de aliviarles algunas jornadas de sus penosas tareas. De mis escasas y esporádicas guardias evoco con especial realce las que hiciera en dos fechas memorables: el día en que Málaga cayó en poder de las tropas nacionales – en el mes de febrero de 1937 – que quizás tenga más adelante ocasión de narrar, y el día en que prendieron en la Isleta a un ingeniero geólogo inglés. No retengo cuando acaeció este segundo episodio, pero debió ser posterior al primero por una circunstancia que los relaciona y que después señalaré. De ambos fui, pues, testigo bien cercano y atento.

Un día arribó al puerto de La Luz y atracó al Muelle grande – como antaño se conocía, antes de ser ensanchado y recortado, el actual Muelle de La Luz – un barco inglés de los que hacían, y siguen haciendo, escalas regulares en viaje hacia África del Sur. Iba a bordo un ingeniero inglés, geólogo, director o algo por el estilo de una importante sociedad minera de Transvaal. Cuando el barco estuvo acostado, el ingeniero se asomó a la cubierta, oteó el paisaje, y descubrió que junto al puerto se extendía una vasta zona volcánica sembrada de pequeñitos conos y corrientes de lavas. Picado por su curiosidad de especialista, bajó a su camarote, tomó su pequeño martillo, desembarcó y encaminó sus pasos hacia el interesante paraje. Casi toda la Isleta estaba entonces bajo jurisdicción militar, delimitada por un muro de cercamiento mal conservado, bastante deteriorado. El acceso se hallaba prohibido. El inglés, desconocedor de tal circunstancia, penetró en el terreno amurallado por una brecha ruinosa. Con avidez de investigador se fue adentrando poco a poco, recogiendo de vez en cuando muestras de piedras y trozos de roca. Absorto en la búsqueda, su andar deambulante le llevó frente a uno de los puestos de la guardia. El centinela, temeroso y sorprendido de los extraños manejos de aquel tipo raro, deschaquetado, de pantalón corto y martillo en ristre, lo condujo directamente al campo de concentración. Estaba de servicio aquel día el inefable señor Lizano. En seguida dramatizó la situación: Aquel personaje tenía que ser un espía de las potencias extranjeras confabuladas contra la España nacional. Solo Dios sabe lo que en su larvada insania imaginaría sobre las intenciones de aquel estrafalario extranjero. Se preguntó por los altavoces si había en el campo alguien que supiera inglés. Posiblemente eran muchos los que, por estudio o profesión, conocían el idioma. Mas, escarmentados con lo que había pasado en ocasión anterior, no se presentó ningún voluntario. Debíamos recordar todos lo que le sucedió a Noé, un judío rubio, modisto o peluquero, cuando el día de la toma de Málaga se prestó a servir de intérprete de francés. Así que hubo acabado la misión, le asestaron una paliza fenomenal, hasta el extremo de tener que ser trasladado al hospital al día siguiente, por saber hablar la lengua de un país gobernado por el Frente Popular, y no alineado con las fuerzas del Eje Roma Berlín. Aquella xenofobia tenía pintas de hidrofobia.

El interrogatorio del súbdito británico se convirtió, pues, en un diálogo de sordos. Desde mi atalaya columbraba al teniente que vociferaba y esgrimía el martillito como una pieza de convicción. Al fin, no pudiendo averiguar nada, ordenó que lo encerraran. Entró el geólogo, acompañado de un sargento, por el portillo que yo cuidaba. Dió comienzo al punto el rito consuetudinario. Acudieron dos cabos de varas y el peluquero, que traía el banco ceremonial. El inglés se sentó muy tranquilo, esbozando incluso una leve sonrisa de agradecimiento. Pero cuando sintió pasar sobre su cabeza la máquina de pelar, se incorporó de un salto. Trataron los envarados de sentarlo a la fuerza. Pero el hombre, corpulento, membrudo, se resistió y a la acometida respondió ovillando los puños y propinando trompadas de tal calibre que dieron en tierra con sus contrincantes. Pero la lucha era irregular: cuatro, el sargento también beligerante, contra uno: desde el mismo suelo le agarraron las piernas y lo tumbaron. Apenas caído, llovió sobre su cabeza un aluvión de vergajazos. El británico no tuvo otra opción que rendirse y con aire de resignación flemática se prestó a la tonsura. La monda cabeza aparecía materialmente llena de moretones que marcaban las huellas de los porrazos. Apenas había terminado la faena, cuando se asomó el teniente a la puerta de su pabellón. Con aire de evidente alarma y confusión ordenó que volvieran a llevarle al prisionero. Debía haber recibido algún embarazoso aviso telefónico.

En efecto, al cabo de pocos minutos se detenía al pie de la escalinata un coche particular, del que bajaron un militar y dos paisanos. Uno de ellos era el Cónsul de Gran Bretaña, que venía a rescatar a su compatriota. Según supimos más tarde, solo cuando el buque iba a zarpar advirtieron la falta del encumbrado pasajero. Hicieron indagaciones y por uno de los obreros del suministro averiguaron la extraviada dirección que había tomado. De ahí la llamada que recibió el teniente y su súbita alarmada aparición en el dintel de su despacho. Frente al Cónsul y su protegido todo era afanosa solicitud. No sabía qué hacer. Acabó ofreciendo al geólogo un montón de fragmentos líticos que él coleccionaba. El inglés los aceptó, los puso en el coche y se despidió con el mismo imperturbable talante con que había soportado todo el temporal.

La historia podría terminar aquí dejándonos una neta impresión reveladora del equilibrio mental y de los pavores de nuestro teniente. Pero tuvo un epílogo digno de contarse. Algunas semanas más tarde, y por los mismos subrepticios conductos habituales llegó a nuestras manos un recorte de un periódico inglés. Contenía un largo artículo, titulado poco más o menos como esta crónica y firmado con un nombre tras el cual figuraban esas letras mayúsculas con las que los ingleses ostentan y revelan sus títulos y calificaciones profesionales. Deducimos en seguida que el autor era el zurrado ingeniero. Lo que allí se refería, con verdadera y fina sorna humorística, sin pizca de indignación, puede resumirse grosso modo de esta manera:

Si quieren ustedes, amigos, gozar emociones fuertes, sentir auténticos escalofríos, recibir un genuino “shock” espiritual y traumático, no vayan a cazar tigres a la India, ni leones a las sabanas del Sudán, ni cocodrilos al río Zambeze, ni tiburones al Mar Caribe, y seguía enumerando otras proezas cinegéticas arriesgadas; yo he descubierto recientemente un lugar privilegiado para los que aman la aventura, el peligro, la exposición, las sorpresas, las conmociones, los lances azarosos, los dramáticos zarandeos. Facilitaba después la receta mágica para alcanzar el lugar de las maravillas: Tome usted en Londres un barco de la Union Castle de los que van a Capetown. Desciendan ustedes en una estación del camino que se llama el puerto de Las Palmas, y una vez en tierra adéntrese en la isla siguiendo la ruta de unos cercanos volcanes costeros. Como por ensalmo se encontrará de pronto en un vasto campo de concentración de presos políticos donde le saldrán al paso unos seres con aspecto de cuadrumanos. Fortalezca el corazón y déjese hacer… La realidad quedará muy por encima de vuestra expectativa. Describía luego en términos cómicos lo que le aconteciera y apostillaba finalmente: No les miento a ustedes si les digo que, entre otras cosas, se les caerá el pelo. Todavía a mi no me ha acabado de salir y presumo que ya nunca lo tendré completo.

Ver más en

https://pedromedinasanabria.wordpress.com/2008/11/29/mcleod-geologo-britanico/

MALOS TRATOS AL SÚBDITO INGLÉS MR MAC LEOD


Nº 4038                                                Legº 162 – 18

 

 

 

COMANDANCIA GENERAL DE CANARIAS

PLAZA DE LAS PALMAS                                                         JUZGADO EVENTUAL

 

INFORMACION NUMERO 27

 

 

 

Instruida para averiguar los supuestos malos tratos sufridos por el súbdito ingles Mr. Mac Leod el diez y nueve de Enero, al ser detenido dentro del recinto militar de la Isleta

 

 

Comenzaron las actuaciones el seis de Junio de mil novecientos treinta y siete.

MacLeod

 

JUEZ INSTRUCTOR

SECRETARIO

Comandante de Infantería

Don Jose Baldellon Silva.

Alférez de Infantería

Don Eduardo Rodriguez Lisson

 

 

Cfr.: ATMTQ 4038-162-18 Información 27 de 1937.- Cubierta.